10 setiembre 2008

Cantos Huicholes 2

Al concluir la temporada de lluvias y tras levantar la cosecha, los wirraritari, como se dicen en su lengua los huicholes, agradecen a sus dioses su protección y generosidad con un festejo nocturno que, heredado de sus ancestros, mantiene viva la tradición de esta etnia.

Se trata de la Fiesta del Tambor, uno de los "mitotes" que los huicholes celebran como parte de sus ritos mágicos sagrados en los que se realizan cantos y danzas mientras su sacerdote conversa con las diferentes deidades para agradecerles las lluvias y la buena cosecha y convencerlas de que no envíen enfermedades y les ayuden a resolver sus problemas. Para ellos, lo mágico y lo sagrado puede significar poderoso o extraño, pero también peligroso.

Al inicio de la ceremonia, dos ayudantes del marakame Vicente Montoya de la Cruz se turnan para tocar el tambor que acompaña rezos y cantos, y otro más reparte entre sus hermanos de raza -hombres y mujeres- colocados en círculo alrededor de la fogata unas largas varas secas que, con gran ceremonia, se pasan por todo el cuerpo.

Luego, uno por uno de los asistentes se acerca al fuego y arrojan las varas. Los hombres se retiran de inmediato mientras que las mujeres se acercan y se levantan ligeramente el vestido y la blusa para que el humo penetre a su cuerpo.

Según el gestor social Braulio Muñoz Hernández, funcionario comunal de Guadalupe Ocotán, una de las comunidades huicholas más importantes de Nayarit, al consumirse las varas "sus pecados habrán desaparecido y estarán purificados".

Regalo de la madre tierra

La Fiesta del Tambor representa uno de los rituales más importantes en la vida y costumbres de los wirrarritari y no escatiman tiempo, dinero o esfuerzos en los preparativos que duran varios días con el fin de agradecer a sus dioses el regalo que les dió la madre tierra, comenta Muñoz Hernández.

Entre sus rezos o cantos, los marakames o chamanes huicholes piden a todos sus kakauyares -dioses- los ayuden para que no les falten los alimentos y para que niños y adultos no se enfermen, dice el gestor social.

El ritual incluye la preparación de la bebida sagrada, el tejuino, que varios días antes las mujeres lo preparan con maíz germinado y seco molido cocido con agua a fuego lento durante más de 24 horas a un lado del fuego del comal de cada una de las casas, nunca de manera directa. Así cocido, el maíz, previamente colado, se pone a fermentar por lo menos 12 horas, antes de poder ser consumido.

Para que el marakame Vicente Montoya de la Cruz pueda iniciar su contacto con los dioses, se sienta en un equipal -un rústico sillón elaborado con varas y forrado de cuero- y coloca en sus pies una sonaja y el "ojo de dios huichol" -especie de abanico con figuras de coloridos estambres-, y rodeado de varas o flechas, que purifica rociándolos con una flor mojada con tejuino.

Siempre acompañado por el sonido del tambor y de sonajas, el marakame pronuncia sus oraciones mientras recibe de mujeres y hombres pequeños recipientes con tejuino y aguardiente para que los pruebe. Antes de consumir el contenido de esos recipientes moja su dedo índice en el líquido y señala los puntos cardinales.

La media noche llega tras cinco sesiones de rezos que corresponden a cada uno de los lugares sagrados ubicados en los puntos cardinales, que según la tradición huichol son norte, sur, este, oeste y centro, aunque las danzas y cantos continúan hasta la madrugada.

Los niños, sagrados

El día siguiente está dedicado especialmente a los niños y desde temprano los huicholes instalan un altar con la imagen de la Virgen de Guadalupe, rodeada del "ojo del Dios huichol", flechas ceremoniales y el bastón de mando del gobernador tradicional.

El "ojo del Dios huichol" está constituido por varas de caña adornadas con hebras de lana en colores, con un diseño angular que simboliza el medio por el cual el dios Kauyumali ve y comprende los misterios del mundo. Son consideradas varitas mágicas llamadas sikulis y en las fiestas se usan para asegurar a los niños y adultos de la etnia salud y larga vida.

Hasta ese altar, durante el día, llegan hombres y mujeres huicholes a depositar sus ofrendas, principalmente elotes, fruta, comida, tamales, tortillas, velas y tejuino.

Mientra suena el tambor y un coro encabezado por el "marakame" entonaba cantos que hablan de la bondad de sus dioses, los lugares sagrados y el respeto y veneración que se les debe guardar, uno de los ayudantes con el dedo índice de la mano derecha marca con tizne la mejilla izquierda del rostro de cada uno de los niños de uno a seis años de edad que son llevados por sus padres.

La marca permite a los dioses identificar y ubicar a los niños para que los cuiden durante el viaje que el espíritu de los niños realiza ese día por los lugares sagrados, indicó el gobernador tradicional huichol, Casimiro Montoya.

La comida de los dioses

Por la tarde, las ofrendas son consumidas y parte de ellas se dejan en el altar para los dioses que habitan en Wirikuta, la tierra mágica del peyote que los huicholes ubican en Real del Catorce, San Luis Potosí, a donde cada año durante el verano, los diferentes grupos envían a sus representantes para la recolección tradicional de ese cactus alucinógeno.

Durante el Festival del Tambor, el sacerdote -marakame- de 89 años soporta los helados vientos de la noche y el candente sol del mediodía, aunque bien provisto de tejuino y aguardiente, pero siempre circunspecto.


TEXTO: ARTURO SORIANO LIMA
http://www.eluniversal.com.mx/

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